domingo, 3 de marzo de 2013

El Faro.

Yo por aquella época era un crío de menos de diez años, vivía con mi padre, ya que entonces mi madre había fallecido hacía años, cuando yo tenía apenas unos meses, una historia que marcaría a mi padre para siempre.
Nos levantamos por la mañana de una primavera florida y salimos fuera, mi padre me había preparado una sorpresa, era un  bote, mi primer bote. Mi padre me levantó con sus fuertes brazos y me colocó en el bote. Me acuerdo que casi me caigo al agua, pero mi padre me agarró y me volví a estabilizar sobre el bote, nos dimos un abrazo euforicos y empezé a remar mar adentro, sería una experiencia única. Para volver me orientaba por nuestro faro, el faro que iluminaba más que cualquier otro, era imposible que te perdieras, ya que acercándome por el agua, remaba muy acelerado porque había visto a mi padre, allí esperandome y me emocioné tanto que remé con fuerza llegé a la orilla, me levante y mi  padre me subió en el aire colocandome sobre sus hombros le quite el sobrero que llevaba y me lo puse yo. Entramos, yo por entonces era un niño travieso. Mi padre destapó el piano, que estaba cubierto con una manta blanca muy limpia. Nos sentamos sobre el taburete, yo empezé a tocar y  a pulsar todas las teclas que ví, era un ruido espantoso. En medio de aquel caos, mi padre me agarró de los brazos para que  parara, él  colocó entonces los brazos sobre las teclas delicadamente y fue explicandome que tenía que hacer, yo obedecí y empezamos a tocar una melodía que tenía mucho más sentido que la anterior, era más armoniosa, todavía me acuerdo de aquella primera vez que tocamos juntos el piano.

Pasaron los años y fui creciendo, y por mis manos pasaron muchos barcos, cuanto más crecia, mi padre sabría que llegara la hora en la que yo tenía que partir hacía mares lejanos. Hasta que ese momento  llegó. Recuerdo que se despidió de  mi felizmente, pero yo sabía que en su interior me veía como un niño, y que se quedaba ahora sin mi, porque también había perdido a mi madre y sabría quie se quedaria solo un timpo. Yo le mandaba cartas a mi padre cada mes, de lo que me iba sucediendo, de repente dejo de responderlas, me preocupé , y me fui enseguida a hacerle una visita. Llegué,bajé rapidamente del barco el cual llevaba por ese entonces y vi unas cartas por el suel, eran las cartas que  le había mandado, eran las cartas que le había escrito yo todo este tiempo, pero en el buzón había más, pero no presté mucha atención a ellas, fui corriendo a la casa, entré y vi a mi padre en la cama con respiraciones lentas, mi corazón se paro, y empeze a sudar, se me cayó el maletin que llevaba conmigo, mi padre me miró y sonrío dulcemente. Me acerqué rápidamente poniéndome de rodillas al lado de la cama en la cuál estaba mi padre, sentado, inmovil. Pasaron los días y yo sabía que el fin de mi padre se acercaba y me dolía. La tarde en la que falleció estábamos tocando el piano, por última vez, la melodía que me enseño de pequeño, de repente a mitad de la canción cerró los ojos y se le cayerón las manos a los lados y reposó su cabeza sobre mi hombro, no me asusté mucho, estaba preparado para este momento , pero sí me entriztecí muchísimo al saber que mi padre se había ido para siempre.

Años después...

Había pasado muchos años, conocí a una mujer, que era maravillosa, la mujer de mi vida, ibamos a tener un bebé.

Ella llegó en un bote pequeño con el bebé entre los brazos, salío y lo pude ver con  mucha más claridad, me enseño al bebé y morí de felicidad por dentro, era una felicidad y tal amor que nunca había experimentado antés. Entramos los tres, felices, y nos sentamos sobre el taburete del piano y coloqué una  mano sobre unas notas y la apreté haciendo un sonido precioso y corto, mi mujer tenía el niño en brazs, el niño en cuanto oyó se sonido sonrió y sonreímos mirandole y así comenzó de nuevo la historia del faro y el piano.

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